Estudiar el clima nos da claves sobre la ciencia

¡Parece mentira! Los grandes e insondables problemas de la física, la materia a escalas subatómicas, inferiores a la del protón, uno de los componentes del átomo, pueden entenderse mejor si uno entiende los problemas de clima de nuestro planeta.

 

La teoría atómica, es decir, la mecánica cuántica, es esencialmente probabilística. El clima también.

 

Pero los teóricos de la cuántica afirman, y se quedan tan anchos, que las probabilidades en cuántica no tienen nada que ver con las del resto de la naturaleza.

 

Se dice que, en la vida ordinaria, si pudiésemos conocer todas las variables que modifican el movimiento de un objeto, las probabilidades desaparecerían y el movimiento sería determinista. Pero es imposible conocer todas las variables que influyen en, por ejemplo, el tiempo atmosférico, y por lo tanto la evolución del clima. No solo es imposible conocerlas, sino que el propio sistema climático varía tanto, que las trayectorias del tiempo son esencialmente impredecibles, exactamente lo mismo que ocurre con las trayectorias de 4 cuerpos masivos, de masas similares, pero no iguales, que se mueven los 4 bajo la interacción gravitatoria entre ellos. Su movimiento es esencialmente caótico y aleatorio, independientemente de nuestro conocimiento o falta de él.

 

En el mundo atómico, las interacciones son del mismo tipo que las interacciones gravitatorias, e inmensamente más fuertes. Y el número de cuerpos que interaccionan es inmensamente mayor que el de 4 masas solares o planetarias. Y no hay forma de aislar una partícula atómica, por ejemplo, un electrón, de esas interacciones con otras cargas eléctricas en movimiento.

 

Es decir, no hay partículas aisladas, que son aquellas para las cuales se ha hecho la teoría cuántica. Si no hay partículas aisladas y el número de interacciones en muy elevado, y las interacciones, como las del sistema climático, son no lineales, los movimientos atómicos son aleatorios, dentro de las ligaduras (protones, por ejemplo) correspondientes.

 

Por lo tanto, la probabilidad “cuántica” no es muy distinta de la probabilidad del mundo macroscópico. Al ser así, los misterios cuánticos desaparecen como misterios y se convierten en lo que son, resultado de movimientos aleatorios muy rápidos.

 

Al mismo tiempo, si miramos un coche, la energía del campo electromagnético con que lo iluminamos, es pequeñísima comparada con la energía del coche, mientras que la mínima energía de cualquier campo electromagnético que podemos utilizar para ver un electrón es del mismo orden de magnitud que la de este: Al “iluminar” el electrón cambiamos su posición y su velocidad.

 

Y las “ondas” que se dice que son los electrones, son en realidad funciones de probabilidad que tienen máximos y mínimos como los senos y cosenos que forman las ondas, por ejemplo, las ondas de sonido o las olas del mar. De hecho, los electrones se comportan como partículas con masa, y son las funciones de probabilidad las que tienen alguna analogía con las ondas. Pero electrones y sus funciones de probabilidad no son la misma cosa. Estas últimas, realmente, son construcciones intelectuales, con nula realidad en la naturaleza.

 

Ahora bien, los movimientos aleatorios, como los del tiempo atmosférico, lo son dentro de unas ligaduras mucho más deterministas que aquellos movimientos. Por ejemplo, en una mesa de billar agitada por un generador aleatorio, el movimiento de las bolas lo es también, pero estas bolas no pueden salir de la mesa: Sus movimientos son caóticos dentro de la ligadura de la mesa.

 

El tiempo atmosférico es caótico, pero dentro de las ligaduras del espesor de la atmósfera, la distribución de continentes y mares, y la forma esférica de una Tierra que gira. Son estas ligaduras las que proporcionan una medida de algún tipo de orden a ese tiempo atmosférico, y a su estadística que es el clima. Son las rejillas de las redes cristalinas o amorfas de los materiales, las que proporcionan una medida de algún tipo de orden a los movimientos atómicos.

 

¿Cambia el clima? Si, por ejemplo, la temperatura media global aumenta y disminuye con las décadas y los siglos, lo mismo que la temperatura de un material cambia con la energía de electrones y protones que lo componen.

 

En un mundo de super-especializaciones necesitamos, cada vez más, la multidisciplinaridad, el que cada vez más personas dominen muchos campos, pues solo desde ese dominio los problemas de uno de ellos encuentran su solución en las soluciones de los otros.

 

La naturaleza es impredecible en detalle. El ansia de orden del ser humano, que ha generado tantas dificultades en la vida de las personas, debe ser reemplazado por un reconocimiento de la incertidumbre y, sobre todo, por un reconocimiento de que se puede vivir muy bien con ella.

 

Será este tema de la vida bajo la incertidumbre el sujeto de un nuevo post.

El problema de las nomenclaturas o la importancia de la lingüística

En la teoría de los átomos y los electrones se insiste mucho en que un electrón es una partícula con masa y una onda sin ella. En todos los libros sobre esto los autores se maravillan de que algo pueda ser dos cosas a la vez.

 

Pero la realidad es que no es así, para desilusión de los dueños de la teoría. Los electrones se mueven, y al moverse siempre en el campo de fuerzas de otros millones, o cuadrillones de otros electrones que se mueven muy deprisa, sus trayectorias son esencialmente aleatorias. Para describir movimientos aleatorios se precisan funciones de distribución de probabilidad: Una de éstas es la función y de Schrodinger, que tiene forma de una suma de senos y cosenos en el espacio y en el tiempo, es decir, la forma de un paquete de ondas limitado en el espacio.

 

Así, los electrones, partículas individuales dotadas de masa son partículas, entes materiales. Pero la descripción de su movimiento es un paquete de ondas. No hay dualidad onda-corpúsculo, puesto que la descripción como ondas se refiere a las funciones que describen las probabilidades de su movimiento.

 

No existe ningún experimento en el cual un electrón atraviese una rejilla atómica con dos rebajes (no es posible tener una superficie, o cuasi-superficie dividida en tres partes inconexas). Hay experimentos en los cuales chorros de electrones pasan por una tal superficie, interactuando entre sí y con los electrones de la red atómica en la que hay túneles cilíndricos o prismáticos. Puesto que para que se produzcan efectos de difracción los túneles deben tener tamaños parecidos al del electrón y estar separados entre sí con distancias de ese orden de magnitud, la interación de uno de los electrones en uno de los túneles se transmite a los electrones en el otro túnel. Puesto que la rejilla de electrones está cuantizada, sus movimientos están coordinados, de manera que lo que ocurre en un túnel tiene influencia sobre el otro, y los electrones cuando, hay dos túneles abiertos siguen trayectorias aleatorias pero con zonas de probabilidad muy pequeña: Cuando los electrones inciden sobre una pantalla, la imagen es una similar a la difracción de la luz.

 

Esta imagen de bandas se relaciona con la física de la red atómica que crea los caminos de los electrones, sin que estos se “conviertan” momentáneamente en ondas para convertirse en partículas a la hora de chocar.

 

Para generar interferencias se precisan redes materiales cuantificadas, no hay interferencias sin ellas. Si esto es así, la conclusión racional (y la ciencia debe ser racional y no mística) es que es algo de las redes atómicas lo que las genera, y no cambios inexplicables de los electrones.

 

Al tomar esta postura estamos de nuevo en ciencia, y podemos investigar ese “algo” de las redes, no la mística conversión de partículas en ondas en partículas. Esa investigación la hizo Duane, un físico americano, y la completó Landé, un físico alemán de la escuela de Göttingen. Al cuantificar no solo las posiciones, velocidades y energías, sino la cantidad de movimiento, lo cual es lógico, la cantidad de movimiento cuantificada de las redes de difracción de electrones con túneles de tamaño similar a los órdenes de magnitud del movimiento de los electrones, genera las trayectorias que producen las bandas discretas de choques en las pantallas sobre las que inciden los electrones.

 

El hecho es que los movimientos de las partículas cargadas y de las ondas electromagnéticas dentro de la materia, y especialmente la materia ordenada en redes geométricas, es bastante similar, pues es consecuencia de esa geometría.

 

Si se quiere, se puede observar esto en las arenas del Sahara y las olas del Atlántico que bañan sus costas. La materia, los granos de arena y polvo sahariano, adoptan formas ondulatorias y se mueven subiendo y bajando como las olas del agua, las primeras movidas por el arrastre del viento, las segundas por la presión de mismo. ¿Son ondas los granos del polvo sahariano?

 

Lo asombroso y maravilloso de la naturaleza es que es muy limitada: Nos bastan dos derivadas, la velocidad y la aceleración, para describir todos los movimientos naturales, aunque en principio se hubiesen necesitado miles de ellas. Las ondas electromagnéticas son combinaciones de senos y cosenos, aunque las funciones matemáticas son en número de miles.

 

La ecuación de Schroedinger para las amplitudes de probabilidad del movimiento de los electrones deriva de las ecuaciones de la energía de éstos. No es extraño que su comportamiento en el espacio sea similar a los movimientos de las partículas.

 

En ciencia, mucho más que en cualquier otra actividad humana, es preciso tener un cuidado exquisito con el lenguaje. Los electrones no son ondas. Lo que tiene la forma matemática de un paquete de ondas (no de una onda sinusoidal) es la amplitud de probabilidad del movimiento de los electrones, que conservan, puesto que nadie ha dicho nunca otra cosa, su carácter de partículas.

Las ecuaciones de la física y la realidad de la Naturaleza.

Es una doctrina de la Física que los movimientos de los cuerpos (y de ellos sale todo lo demás) se describen mediante ecuaciones diferenciales. Son estas ecuaciones matemáticas en las que intervienen los cambios de los valores de una magnitud (si cambia, varía y por ello se la denomina “variable”) con respecto a los cambios de los valores de otra.

 

La Física fue desde el primer momento, relativista: Todo lo que describe es unas cosas respecto, relativamente a otras.

 

Como solo tenemos, para la descripción de la Naturaleza, ecuaciones diferenciales, para saber cómo cambia aquella necesitamos resolver o solucionar esas ecuaciones. Para ello precisamos condiciones iniciales de los sistemas naturales, y condiciones de contorno para saber por donde se mueven.

 

Pero estas condiciones iniciales y de contorno no forman parte de las ecuaciones diferenciales, de las “Leyes de la Física”. La ignorancia de esta realidad, la matematización a ultranza de la Física, lleva a afirmaciones absurdas por parte de algunos (o la mayoría) de los divulgadores de la disciplina. Una de estas, repetida muchas veces, es que el viaje hacia atrás en el tiempo es posible, porque las ecuaciones de movimiento son simétricas en la “variable” tiempo.

 

Evidentemente, las ecuaciones lo son, pero no lo son las condiciones iniciales. Para imponer a un sistema físico unas condiciones iniciales que produzcan la inversión del movimiento en el tiempo, necesitamos interaccionar con el sistema con otro que ya no es simple ni lineal, de manera que no es posible garantizar que esa nueva condición inicial vaya a reproducir la condición final.

 

Así ocurre cuando hay tres soles, tres cuerpos de masas ligeramente distintas en atracción gravitatoria mutua. Estos tres cuerpos realizan movimientos caóticos, y los vuelven a realizar si se invierte el sentido de la variación del tiempo, de manera que no vuelven, en periodos de la edad del Universo, a sus posiciones originales.

 

Los movimientos de sistemas, de cuerpos, de masas pequeñas son, generalmente, aleatorios, ya que están sometidos a fuerzas de otros muchos cuerpos. Por ejemplo, los electrones están, incluso en el espacio intergaláctico, sometidos a múltiples interacciones extremadamente irregulares, de otros cuerpos eléctricos lejanos, o cercanos. Incluso dentro de una “Jaula de Faraday”, es decir, dentro de una esfera conductora, los electrones están aislados de los campos eléctricos y magnéticos exteriores a esa esfera, pero sometidos a las interacciones con los electrones del cobre de la esfera en sí misma, que se mueve de manera impredecible.

 

Pero la Naturaleza no es totalmente aleatoria. Aunque los electrones se mueven aleatoriamente, lo hacen dentro de regiones del espacio concretas y finitas. Lo que introduce un esquema de orden en su movimiento son las partículas de gran masa, los protones, cuyos movimientos, debido a esa masa elevada, son muy lentos.

 

La Naturaleza es entonces el juego constante entre los movimientos caóticos, e incluso aleatorios, de unas partículas, y los movimientos cuasi deterministas de otras.

Un estudio ¡apasionante!

El fanatismo y cómo eliminarlo

Las personas que estudiamos los problemas ambientales solemos analizar todos los ángulos de los mismos. Sabemos que una vida respetuosa con el Medio Ambiente es, no solo mejor a largo plazo, para las personas y la sociedad, sino incluso mejor ahora mismo.

 

¿Qué mejor que respirar aire sin contaminar, comer unos tomates con sabor, beber un agua sin cloro? ¿No sería magnífico dejar de escuchar los ruidos de coches, camiones y autobuses? ¿No sería maravilloso compartir el planeta con muchos de los animales que aún lo habitan?

 

¿Por qué no lo estamos haciendo?

 

El haber hecho las cosas mal hasta ahora es una consecuencia de la falta de reflexión desde el comienzo de la era industrial, de la falta de ganas de aumentar nuestro conocimiento de actuar siempre sabiendo lo que hacemos.

 

Los empresarios ingleses del siglo XIX estaban acostumbrados a comerciar, bien con bienes de lujo para muy pocos clientes, bien con esclavos que no tenían ninguna capacidad de adquirir productos. Desconocían el principio básico de Henry Ford, de que uno debe pagar bien a los trabajadores, pues son estos los que compran los bienes producidos.

 

Hoy llevamos más de 200 años de teoría económica y es preciso repetir esta realidad una y otra vez, a todos aquellos que tienen algún poder de decisión. El sistema capitalista, que es el que se supone que desean, exige vender los productos producidos, y que las gentes compren los servicios ofertados. Sin compra no hay venta, y sin venta no hay beneficios.

 

La sociedad inglesa, y muy pronto, la estadounidense, empezaron un ciclo de crecimiento económico puntuado por crisis largas, producto de esa ignorancia, o del rechazo voluntario del conocimiento, de la realidad. La razón era también histórica: Una buena parte de la economía inglesa de los siglos XVI al XIX se basaba en la piratería, incluso en este último siglo, en la venta de droga, de heroína a los chinos. En España, el equivalente de robo ha sido, desde el Duque de Lerma, el pelotazo inmobiliario.

 

Son estas últimas actividades el equivalente del robo descarado, y claro, el robo no tiene cabida en la teoría económica.

 

Estamos así en una inconsistencia mental: Por un lado, la razón nos dice, y la teoría económica lo sustenta, que para que aumente la riqueza general e individual, debemos conservar y mejorar lo que tenemos: Las personas y los recursos.

 

Por otro lado, la cultura tribal, que utiliza poco la razón, y mucho más la emoción, el que uno coja en todo momento todo lo que pueda, aunque agote lo que le rodea (en esa cultura, el sistema es esencialmente nómada) compite con la razón una y otra vez.

 

Hubo una época en la historia de la humanidad en la cual solo había acciones tribales. Poco a poco, sobre todo a partir de la Grecia clásica, la razón fue avanzando.

Pero muy poco a poco.

 

Comparado con el éxito de la razón, la eficiencia de la acción tribal, o su equivalente, el fanatismo, ha sido nula. Sin irnos muy lejos, tenemos los ejemplos de Hitler, que promovía la tribu germánica y rechazaba la ciencia, Stalin, y el desastre económico ruso, y hoy el ISIS/DAESH, y su inmenso fracaso. Como fracasará el Brexit, el Trumpismo y la idea de la tribu catalana. No por nada, sino porque el robo, como se veía en las expediciones vikingas, deja de rendir al poco tiempo: No reproduce la riqueza, la agota.

 

Es un problema de visión, es incluso un problema de género. Una mujer sabe que el hijo nacerá ¡dentro de nueve meses! Sabe, porque la agricultura fue primero una actividad femenina, que el trigo tarda 7 meses en granar. La mujer, y luego el agricultor, conservan lo que les rodea.

 

El cazador/recolector coge lo que encuentra, destroza lo que puede, y se muda a otro cazadero. En Ur, el agricultor conservaba, el bandido robaba.

 

El ser humano echa de menos la tribu. Son decenas de miles de años de vida tribal, frente a no llega 1500 años de avance lento de la razón.

 

Los que ignoran lo que rinde la razón se refugian en la idea del rebaño, en la protección, en el círculo que hacen los búfalos de África ante los predadores.

 

El fanatismo es el rechazo de la razón para formar el círculo de la tribu frente a “los demás”.

 

¿Tiene solución esta dicotomía?

 

La tiene, y pasa por la educación, el mostrar de todas las maneras posibles las ventajas de la razón, de la ciencia, frente a los desastres de los esquemas tribales, en mostrar sus fracasos siempre que han llegado a ser predominantes.

 

La educación es muy defectuosa, aunque obligatoria para todos durante muchos años de la vida. Si no lo fuera, no habría necesidad de enseñar la realidad a los adultos: Todos la conocerían. Son las personas que desconocen la historia de sus países, su literatura, aquellos que desconocen los logros de la ciencia, de la razón, los que creen que sin un enorme esfuerzo de racionalidad se mantiene la cultura de la civilización, creen que esta es automática, esos son los que causan los problemas actuales.

 

Son los que desconocen cómo avanzamos hacia una catástrofe climática y ecológica, los que se resisten a poner en marcha las medidas adecuadas, que como plus aumentarían la riqueza de cada ciudadano. Son los americanos que desconocen que lo que desean hoy era solo posible ayer, cuando las grandes praderas y el Oeste eran todavía vírgenes, y muchos otros países, por ejemplo, China, habían alcanzado el nadir de su evolución histórica. Son los ingleses que desconocen en qué se basaba su riqueza, son los catalanes que desconocen la realidad de su historia.

 

Son, esencialmente, los que tienen miedo y se refugian en la protección de la tribu, dificultando, queriendo impedir el desarrollo de la razón, de la ciencia, el arte, las humanidades, que son lo que nos ha traído hasta este avance inconcebible de riqueza y civilización.

La ignorancia como problema del siglo XXI

La ignorancia fue siempre un problema para la vida social, puesto que los ignorantes ignoran su ignorancia y en ella proponen, y a veces consiguen, realizar acciones ridículas que pueden llegar a dañinas.

 

Pero esto, que era un mal controlado durante milenios, ha surgido como un problema grave con la capacidad que da Internet y las redes sociales en este siglo XXI para comunicar ideas absurdas.

 

Entender la realidad, y pensar racionalmente es algo que nunca es inmediato, es una actividad que exige obtener los datos correctos, estudiarlos, reflexionar sobre ellos. Implica lo que se denomina trabajo, y eso es algo que pocas personas quieren realizar. Es más sencillo actuar sin datos o con datos erróneos, sin su estudio, sin reflexión.

 

Pero cuando se escupe lo que se ha pensado se hace con toda la autoridad del mundo, porque ¿No somos todos iguales?

 

El esfuerzo de años de una persona para dilucidar algún aspecto importante de un tema bajo investigación queda reducido siempre a “De eso sé yo también y esta es mi opinión”.

 

Ayer estuve viendo una representación de “Arte” de Yasmina Reza (una obra algo ya talludita). La obra en sí no me interesó: eran demasiados gritos para no llegar a nada, situaciones que podían resolverse en 2 minutos duraban 20. Pero lo interesante era el comportamiento de los espectadores, unos 200, ciudadanos de Alcalá de Henares.

 

Estas personas se reían cuando los protagonistas se atacaban entre sí, y aplaudían cuando estos protagonistas alababan la falta de racionalidad que la autora supone es el Arte, así, con mayúsculas.

 

Los aplausos marcaban un ansia de escapar de lo único humano que tenemos: La razón. Y mostraban su ignorancia, pues arte y ciencia son las dos actividades esencialmente,

esencialmente, racionales del ser humano.

 

Ningún artista pinta sin reflexionar, estudiar, considerar largamente lo que va a pintar, lo mismo que ningún músico compone al azar, ni ningún escritor desarrolla una novela, una obra de teatro, sin pensar mucho todas las situaciones y reflexionar sobre lo que quiere decir y cómo lo quiere decir. La representación, teatral, o cinematográfica, precisa horas de ensayo para parecer espontánea.

 

Crear es la máxima actividad humana y es equivalente a los descubrimientos de la ciencia.

 

Se dice, con razón, que muchas personas que han votado el Brexit, que han votado a Trump, que quieren un paraíso inventado entre los Pirineos y el Mediterráneo, lo que quieren es rebelarse contra un mundo en el que, con dolores de parto, y muy lentamente, avanza la razón sobre la irracionalidad de la tribu. Lo mismo que los salvajes de ISIS/DAESH lo que querían era invertir el paso del tiempo y volver al medievo, a la irracionalidad de dogmas inverificables, a la irracionalidad de la violencia. Recordemos de esta que, como escribía Asimov, “La violencia es el último recurso del incompetente”.

Y todo esto está ocurriendo en sociedades que nunca han tenido tanta cantidad de “educación”. Nunca antes en la historia han ido todos los niños y adolescentes de una gran cantidad de países del mundo al colegio, durante años y años.

 

Y sin embargo la ignorancia de una buena cantidad de la población es supina, es asombrosa. Alumnos de ingeniería naval que no tienen ni idea de a qué distancia está América de España (sus respuestas varían entre 1.000 y 20.000 km), alumnos de Arquitectura que no saben lo grande que es la Tierra, o la altura de la atmósfera y lo que pesa ésta, que de hecho no saben recitar ningún trozo de alguna obra de Lope o de Calderón, alguna poesía de Quevedo, o de Zorrilla.

 

Y que ignoran la historia de sus propios pueblos. Por ejemplo, que en Siria e Iraq hace 1300 años no había un Islam ortodoxo, como que las sectas cristianas que asumían relatos incompatibles con los evangelios actuales eran numerosas como las hojas de los árboles, o que Fernando de Aragón casó con Isabel de Castilla para arreglar la bancarrota de aquel reino, o que Inglaterra se hizo “grande” actuando de piratas por todos los mares y vendiendo opio y heroína en China, con los “camellos” protegidos por la armada británica.

 

Es la ignorancia de la realidad lo que hace pensar a muchos estadounidenses, comenzando por su jefe, que pueden volver al pasado de unos EEUU vacíos, que pueden vivir aislados de China o que un muro con México va a resolver algún problema económico de familias americanas de bajas capacidades intelectuales.

 

Y es la ignorancia de dirigentes políticos con títulos de doctor en diversas materias, así como la ignorancia de millones de ciudadanos, la que niega el Cambio Climático, y las soluciones evidentes para el mismo, soluciones que al tiempo que nos protegen de un problema inmenso, generarían millones de puestos de trabajo y relanzarían de una vez la economía, pues esta no es otra cosa más que la captura de cada vez más energía y su distribución a cada vez más gente.

 

¡Qué pena! Una población con 16 años de educación y fundamentalmente, en una buena proporción, ignorante.

 

Credulidad e incredulidad

La ciencia, aunque algunos, por interés propio, se esfuerzan en negarlo, se basa en la falsabilidad: Cualquier afirmación científica, si lo es, debe poder ser rechazada en algún momento, mediante las pruebas adecuadas. Es por esto por lo que el Big-Bang no es una afirmación científica: No podemos realizar pruebas, ni siquiera en principio, para rechazar esa hipótesis, no es posible volver atrás en el tiempo para aceptar o rechazar esa afirmación.

 

¿Es científica la afirmación de que estamos cambiando el clima? Al menos en principio lo es, otra cosa es que queramos hacer la prueba. Esta prueba es evidente e inmediata: Si dejamos de quemar combustibles fósiles, la teoría del cambio climático nos dice que la temperatura media global del planeta debe estabilizarse y empezar a disminuir al cabo de unas décadas. Por lo tanto, la teoría es falsable y es una teoría científica correcta.

 

En sus interacciones con el resto de seres humanos y con el mundo en el que vivimos, las personas emplean, en un pequeño porcentaje, esquemas racionales para generar en sus mentes mapas mentales de esa realidad externa, pero en un porcentaje mucho mayor emplean mapas mentales adquiridos por esos contactos con el resto de las personas, sean esos mapas mentales falsables o no.

 

Por ejemplo, una secta religiosa americana afirma que su fundador recibió la visita de un ángel que le transmitió instrucciones de comportamiento. Es imposible falsar esa afirmación: No podemos volver a la ocasión concreta de la revelación ni, en el caso de que pudiésemos hacerlo, podríamos visualizar la visita mental de un ángel al cerebro de una persona. Incluso si esa visita se produjese hoy a un sujeto dentro de una máquina de electroencefalogramas, las variaciones de las corrientes eléctricas del cerebro detectadas por lo electrodos del aparato podrían sencillamente deberse a alucinaciones de tipo habitual.

 

¿De donde viene la credulidad?

 

En principio, los niños son enormemente crédulos … hasta que llega un día en que empiezan a ver la realidad. Yo recuerdo haber ido a mi última función de circo, solo, una vez en Murcia, no recuerdo a qué años, y salir de la misma absolutamente decepcionado, al haber visto todos los trucos.

 

En las bandas primitivas, de las que quedan muy pocos ejemplares, el jefe de la banda ha conseguido esa posición porque se ha equivocado pocas veces al señalar el lugar de reposo, al indicar la caza de una pieza y no de otra, al localizar lugares con agua, al resolver disputas entre los miembros de la banda. Si esta persona atribuye esas decisiones a algo externo al mundo, algo irresponsable, consigue dos objetivos: Elimina la condena si se equivoca, ya que “seguía órdenes”, y elimina la competición con otros de la banda, que no comunican con el exterior.

 

No sabemos (o quizás sí, pues aún hoy aparecen constantemente profetas que desaparecen al poco) cuántos profetas hubo en los primeros tiempos de historia y de la prehistoria. Solo conocemos los que tuvieron éxito, y ese éxito se medía siempre por la capacidad de organizar a las bandas en tribus y a estas en federaciones.

 

Normalmente los profetas ofrecen a los que les siguen un paraíso prometido desde el exterior del Cosmos, o apocalipsis diversos. Lo estamos viendo estos días en diversos lugares de Europa, y en los EEUU. Paraísos y apocalipsis suelen fallar. Ahora bien, una vez organizado un sistema identitario, incluido en él de forma más o menos completa un sistema de seguridad social, el esquema tribal de xenofobia mantiene, primero el grupo, luego, las ideas del grupo. Se pasa de un grupo construido alrededor de una o varias ideas, a unas ideas mantenidas por la cohesión del grupo, ya que los que lo abandonan son tachados de traidores e insolidarios. Tenemos un ejemplo hoy en una región de España.

 

El cambio climático producido por el ser humano al quemar masivamente combustibles fósiles es una realidad. Su rechazo por parte de muchas personas, sobre todo personas en situación de poder político y económico, es también una realidad. Ese rechazo deriva del apoyo a creencias sin fundamento pero que conforman las ideas de una cierta tribu, ideas que se refuerzan con cada nueva prueba científica del fenómeno.

 

Si en un club de empresarios uno es parte del mismo siempre que acepte las ideas de hacer beneficios hoy y que el que venga detrás que arree, el cambio climático, que es un fenómeno que se extiende en el tiempo a lo largo de décadas, y cuyo freno exige desarrollos también de décadas, se visualiza como el ataque de unos locos. Y puesto que personas con esos esquemas mentales solo piensan en beneficios inmediatos, no pueden atribuir a los “locos” otros motivos que ser unos pagados por …. ¿Quién podría pagar a esos “locos”?

 

La credulidad en el código de la tribu sin someterlo a la crítica mantiene la cohesión de aquella, pero produce su destrucción cuando la realidad cambia la efectividad de ese código, adaptado a unas condiciones de contorno distintas de las actuales.

 

Es preciso tener las mentes abiertas y sobre todo rechazar los códigos estáticos. Estos son un manual de instrucciones para la supervivencia, pero como cualquier manual de instrucciones, dejan de ser útiles cuando lo que hay que resolver son problemas distintos de aquellos para los cuales se establecieron los manuales.

La locura de los coches grandes

El trabajo físico (que es para lo que queremos las máquinas, los vehículos, finalmente) está dado por el producto de la fuerza por el espacio recorrido bajo esa fuerza. Pero la fuerza para recorrer un espacio viene dada por el producto de la masa por la aceleración.

 

Sin más reflexiones, si doblamos la masa de un cuerpo que acelera, doblamos la fuerza y por tanto el trabajo y consecuentemente, la energía que precisa ese cuerpo para realizar el desplazamiento.

 

Esta energía concreta solo se gasta cuando hay aceleraciones. Pero en el 90% de los casos, la conducción se realiza en atascos y dentro de las ciudades donde, en un recorrido de 4 kilómetros, los coches deben acelerar 40 veces debido a los semáforos, pasos de peatones y rotondas. Lo mismo ocurre en los atascos.

 

De esta manera, el uso de tanquetas de doble peso que los coches, digamos, normales, implica un gasto doble innecesario de energía. Y una producción doble de CO2, óxidos de nitrógeno y micropartículas, puesto que esa energía solo sale de la quema de gasóleo y en ciertos casos, gasolina.

 

Estas tanquetas, innecesarias, consumen también en exceso en las carreteras libres de atascos, pues sus perfiles no son aerodinámicos. Si un Prius tiene un coeficiente de penetración en el aire de 0.16, cualquier tanqueta lo tiene de 0.32 y superior. Esto implica al menos el doble de gasto de combustible en autovías sin atascos. Si añadimos que muchas veces se circula a 150 km/h en vez de a 120, el gasto se incrementa en un 56%.

 

Estamos contaminando innecesariamente por un afán innecesario de presumir, de hacer lo de los críos de guardería: “yo meo más lejos que tu”. Un instinto muy humano, pero que debería ser corregido en las etapas educativas, sobre todo dentro de las familias que son, reconozcámoslo, las únicas que educan de verdad. Los colegios proporcionan instrucción, conocimiento, pero son, por su propia esencia, por su propia constitución, incapaces de educar. Carecen de la autoridad moral para ello.

 

Quemar combustibles para obtener energía contamina, y mucho. Y la cantidad de combustibles, fósiles y actuales, es finita, y dado el crecimiento de la población del planeta, escasa. El pico de producción de petróleo se alcanzó, curiosamente, el año 2007, el mismo año en que comenzó la “Gran Recesión” económica.

 

Queda petróleo, gas y carbón. Pero el carbón no se puede utilizar para mover vehículos, y las cantidades que se pueden extraer anualmente de los otros dos van disminuyendo de año en año. Sobre todo, van disminuyendo las que se pueden extraer de forma barata, con alto índice ERoEI: Energía Recuperada dividida por la Energía Invertida para recuperarla.

 

Gastar energía en exceso es una estupidez. Recordemos que estupidez, de forma distinta a la imbecilidad e idiotez, es hacer el mal, fastidiar, sin sacar nada a cambio. Gastar por gastar, para obtener los mismos resultados que gastando la mitad, es estúpido.

 

Tenemos que ahorrar energía, y eso no solo no va en contra del desarrollo económico ni del progreso, sino que va, realmente, a su favor.

 

La tecnología del dispendio es ya madura, y económicamente, las tecnologías maduras no generan puestos de trabajo ni nuevas inversiones. Son como las tierras de la Iglesia, que hubo que desamortizar repetidamente a lo largo de la historia de Europa, pues ya no producían beneficios a la sociedad.

 

Cualquier central nuclear construida en 1975 está ya completamente amortizada. Genera beneficios financieros, pero no cumple el papel de generar trabajo y nuevas empresas. Para ello se precisa cambiar de tecnología, siempre que la tecnología sea más productiva que la que se quiere reemplazar. Y esto es así con el ahorro de energía.

 

La razón por la cual las empresas de vehículos quieren vender tanquetas energéticamente ineficientes es porque en ellas pueden obtener, vía el concepto de “lujo”, mayores plusvalías. Es decir, ganan más no por algo positivo, sino sencillamente por satisfacer la vanidad de algunas personas. Esta vanidad es la que puede hacer que una persona rica decida tirar públicamente millones de euros al mar.

 

Los conceptos funcionan todos dentro de un contexto. Por la misma razón que una región española no puede votar su capricho independientemente de las demás, como no puede votar “democráticamente” circular por la izquierda o legitimar el asesinato, y esa imposibilidad no es “antidemocrática”, de la misma manera la propiedad privada tiene límites, y uno de ellos es su dispendio estúpido.

 

Debemos considerar entre todos cómo limitar esos gastos, por ejemplo, los de las tanquetas, o el circular a velocidades superiores a la legal, sabiendo que esas limitaciones no inciden en una supuesta “libertad personal”, ya que ésta solo existe dentro de la libertad de todos los ciudadanos y su derecho a nula contaminación y garantía de disponibilidad de energía en el futuro.

 

Necesitamos volver a pensar la educación de nuestros ciudadanos, y sobre todo, esto que parece haberse perdido de que la libertad de uno solo llega hasta donde llega la libertad de los demás.

Un mundo de mentiras sobre el cambio climático y otras cosas

A lo largo de la historia la mentira ha tenido sus días de gloria, pero su alcance era razonablemente limitado por la dificultad de transmitirla a gran número de personas.

 

Hoy los grados de la mentira no han cambiado, pero su alcance se multiplica por factores enormes debido al gigantesco número de receptores de la información en un mundo hiperconectado.

 

Si la transmisión de “La Guerra de los Mundos”, de Wells, por Orson Welles en los EEUU en Halloween de 1938 desató cierto pánico, escaso, porque poca gente escuchaba aquel programa, hoy las mentiras se propagan a millones de personas a través de múltiples medios de comunicación.

 

Un político en paro sugiere que la voluntad de un par de millones de personas se debe imponer a la de 43 millones: Sencillamente porque es su voluntad. Es como si 2 millones de personas hubiesen votado que robar es legal. O que se debe circular por la izquierda en una parte de España, y debe cumplirse esa decisión “soberana”.

 

Otro político, este ejerciendo un poder inmenso, sugiere que los inmigrantes son malvados, y 30 millones de personas le creen.

 

Cada persona cree lo que quiere creer. El mecanismo comienza en la infancia, y normalmente las creencias se reafirman con la comunicación con aquellos que piensan igual que uno y éste confía en ellos.

 

El pensamiento crítico es muy difícil de desarrollar, pues exige absorber información de muchas fuentes y analizarla de manera detallada. El principio de eficiencia en la mera supervivencia exige seguir los caminos trillados. Pocas personas dedican tiempo a analizar sus informaciones, pues precisan de toda su energía y capacidad intelectual para, meramente, sobrevivir.

 

Así se extienden los negacionistas, de cualquier cosa, y en particular, del cambio climático. Estas personas rechazan el estudio del problema y sencillamente asumen cualquier argumento que va en contra de la realidad. Por ejemplo, una persona que sale a fumar un cigarrito de vez en cuando en el jardín del edificio de Ciencias de mi Universidad, me dice, cuando hace frío: “¡Si, si, vaya cambio climático!”. No me dice nada cuando hace 40ºC en Madrid.

 

Recientemente recibí un artículo de un negacionista, que mantenía que es mentira que:

 

  • El planeta está en máximos históricos de temperatura
  • La temperatura está determinada exclusivamente por el CO2 producido por la actividad humana
  • Las consecuencias del cambio climático serán catastróficas
  • Existe un amplio consenso científico al respecto.

 

Los que lean ese artículo (publicado en la revista Expansión) se regodearán, o se regodearon al considerar esas cuatro afirmaciones, falsas según su autor.

 

Pero esas afirmaciones tienen problemas, y esos problemas no los asumen sus lectores.

 

Ningún científico afirma que estamos en máximos de temperatura en el planeta, si consideramos la historia del mismo. Como científico quiero comunicar que ha habido etapas en los 3.000 millones de años anteriores, en las cuales la temperatura del planeta ha sido mucho mayor que la actual.

 

Sin embargo, sí es cierto que la temperatura actual ha subido considerablemente en los últimos 200 años, y que lo que es cierto es que el ritmo de subida ha sido mucho mayor que otros anteriores.

 

Ningún científico afirma, en ninguna publicación, que la temperatura de la superficie del planeta esté determina exclusivamente por la concentración de CO2 producido por los seres humanos.

 

Ahora bien, el resto de causas de la temperatura de la superficie del planeta se mantiene constante. La concentración de CO2 sube en la atmósfera, pues no paramos de quemar compuestos de carbono. Es científicamente claro que este aumento de concentración del CO2 en la atmósfera (la mitad del que producimos los seres humanos) provoca un aumento de esa temperatura. Pero ésta depende de muchas otras causas.

 

Ningún científico afirma que las consecuencias serán una catástrofe del tipo de la desaparición de la raza humana. Pero si seguimos aumentando la temperatura, este aumento hará fundirse los hielos, primero del Polo Norte, incluyendo Groenlandia, y luego los del Polo Sur. Y esto será catastrófico, no para la especie humana, pero sí para la civilización humana. Por ejemplo, si seguimos aumentando la temperatura de la superficie del planeta, subirá el nivel del mar, y esto implicará, con seguridad, la destrucción del parque de viviendas en la costa de España. No es una catástrofe geológica, pero sí una pérdida de patrimonio de carácter inmenso.

 

No hay 30.000 científicos que se dediquen al estudio del clima que rechacen la realidad del cambio climático. De hecho, no hay 30.000 científicos dedicados al estudio del clima. Habrá, más o menos, unos 10.000 de ellos. Y el 99% de estos saben, sabemos, que ya hemos causado un cambio climático (en la circulación de los vientos y las trayectorias de las borrascas) y que este cambio va a ir en aumento, pues la humanidad sigue en su orgía de quemar hasta la última gota de petróleo, el último centímetro cúbico de gas, el ultimo gramo de petróleo.

 

Los que no quieren dejar de quemar carbono, a pesar de los enfisemas pulmonares de las ciudades contaminadas, se alegran con esas negaciones. Es lo mismo que un fumador empedernido que en medio de un espasmo de tos, enciende un nuevo cigarrillo, y afirma que la tos que le está llevando al cáncer de pulmón, es de un resfriado y no tiene que ver con la adicción que le está matando. Lo mismo que un heroinómano que se inyecta una y otra vez la droga en las arterias.

 

El que ha votado por el Brexit, el que quiere una independencia milagrosa, aquel que insiste en que si se van los emigrantes, en una población que no tiene hijos, no quiere trabajar en los campos, no quiere recoger las basuras, va a vivir en la gloria, y va a volver, en Inglaterra a fabricar coches y a trabajar en las acería, quiere soñar con otro mundo. Lo mismo que los que propagan las ideas del ISIS, o DAESH, quieren volver sin poder, a la Edad Media. A una Edad Media, pero con facebook, whatsapp y cuartos de baño.

 

Lo asombroso no es que se propaguen las mentiras, las falsedades. Los seres humanos siempre han rezado a sus dioses, en Mesopotamia, y en Egipto, en China y en Grecia, para que acabe la sequía, por ejemplo.

 

Lo asombroso es que esto ocurra en las primeras décadas del siglo XXI.

 

Es claro que la educación que hemos dado a los humanos actuales, y la que estamos dando, es un fracaso. Que un financiero de postín, con millones en el bolsillo, sea capaz de aceptar esas falacias, es síntoma de que millones de personas no han sido capaces de desarrollar sus mentes en las escuelas de que dispone la humanidad.

Frío y tormentas, calores en invierno

Desde el día 27 de Febrero llueve sin cesar en España, en las costas de Huelva el mar ha empezado a socavar los cimientos de las casas, en Canarias han tenido mini-huracanes, y un frío polar ha helado a Europa.

 

Las semanas anteriores a la que menciono han sido anómalamente calientes para ser invierno.

 

“¡ El tiempo está loco !”

 

No, no lo está. Las leyes de la física siguen tal cual. Los que estamos locos somos nosotros. Ya hemos causado un pequeño cambio climático irreversible a escala humana.

El Polo Norte está muy caliente, y consecuentemente, el “chorro polar” muy debilitado. Un río que avanza por las llanuras hace meandros profundos. El río de aire que es el chorro polar carece hoy de la tensión que tenía hace 50 años cuando el contraste entre la temperatura de los trópicos y la del Polo era más intensa: Entonces el símil era de un río que bajase por una ladera empinada: Recto y con fuerza.

 

Los profundos meandros del chorro polar traen aire de los trópicos en Enero y aire glacial a finales de Febrero. Europa se congela y España se inunda.

 

España es un país seco, en el borde sur de las borrascas atlánticas. Necesitamos lluvia durante 6 meses: De Noviembre a Abril, para mantener llenos los embalses. Pero en este clima nuevo, la lluvia solo cae de Diciembre a Marzo, con lo cual ni los embalses ni los acuíferos se recuperan de una sobre-explotación exagerada.

 

Al mismo tiempo, el nivel del mar ha subido unos centímetros, y eso hace que unas olas más altas, pues el mar tiene mucha mayor energía, avancen tierra adentro.

Este cambio climático es pequeño, aún, pero dañino. Y alegremente vamos camino de multiplicarlo por un factor considerable, entre 4 y 10 veces, pues en la naturaleza, como en la economía, las leyes son no lineales, de manera que a una causa doble sigue un efecto entre cuatro y ocho veces mayor:

 

Lineal:     (1+1)1 = 4

 

No lineal: (1+1)2=4, o (1+1)3=8

 

Llevo años describiendo lo que va a pasar en las costas según aumente el cambio climático: Cada 10 cm de subida del nivel de mar implica que las olas causadas por las borrascas avanzan 1 km tierra adentro, destrozando los cimientos de los edificios de las costas.

 

El Trasvase Tajo-Segura se diseñó para regar la huerta de Murcia, unos 20×10 km2 de extensión. La ambición humana ha querido regar las huertas de Lorca, del Campo de Cartagena, de Elche y Torrevieja, unos 80 x 40 km2: Un incremento del 1600%. Los pantanos de Entrepeñas y Buendía de la cabecera del Tajo están casi vacíos y con una reducción de las lluvias del 30%, no logran recuperar su capacidad ningún año.

Cada vez que explico esto me entra una angustia física tremenda, se me encoge el centro del cuerpo, lo que se suele decir, “se me encoge el corazón”. Este mensaje es el mismo que vengo repitiendo por toda España y en todos los medios de comunicación desde hace 20 años, y cada año que pasa compruebo que mis predicciones eran las correctas.

 

Se dice “En España siempre ha habido sequía”. Y es cierto, y lo he dicho más arriba. Pero la sequía actual es casi el doble de intensa y la explotación del agua mil veces más extensa. En los cambios climáticos anteriores del planeta Tierra, no había urbanizaciones a pie de playa.

 

Y seguimos quemando carbono, cada vez más, cada vez más alegremente, con la población contenta de hacerlo.

 

El cambio climático que ya hemos producido es irreversible, como digo, a escala humana. Pero podemos parar, aún, un cambio climático 4 u 8 veces mayor.

 

¡Si queremos!

El transporte eléctrico

No podemos seguir quemando carbono fósil. Las primeras consecuencias del cambio climático que ya hemos causado son muy peligrosas y cuestan mucho dinero. Es la punta del iceberg que podemos esperar: Sequía, inundaciones violentas que no mojan el suelo, olas de calor que destruyen las cosechas.

 

Tenemos soluciones técnicas más que sobra para eliminar esa combustión. Consideremos hoy el transporte de mercancías.

 

Para largas distancias loa camiones eléctricos no son aconsejables, pues exigirían baterías exageradamente grandes. Pero para distancias de unos 200 kilómetros las baterías pueden recargarse con rapidez y son de un tamaño razonable.

 

Se plantea pues una flota de camiones de tamaño medio, eléctricos, de tráfico local, que moverían mercancías desde los lugares de producción o descarga a los lugares de consumo. Para grandes distancias lo mejor serían túneles sub- o sobre-terráneos, en condiciones de muy bajas presiones en su interior. En estas condiciones de vacío, contenedores cilíndricos de 2 metros de diámetro y 10 metros de longitud podrían moverse a velocidades de 700 km/h, haciendo el viaje Madrid-Barcelona en una hora, con un gasto muy reducido, consistente solo en una parte de la aceleración inicial, pues otra parte se recuperaría en el frenado.

 

Al no existir rozamiento por aire y tener un rozamiento muy reducido con las paredes del túnel (vacío), no hay gasto de energía (dinero) a velocidad constante. Y evidentemente, no hay producción de CO2 ni de micropartículas contaminantes, ni de óxidos de nitrógeno ni de ozono. Y al ser automáticos, se eliminaría el coste de personal.

 

Ante estas propuestas se esgrime siempre el argumento del “coste”. Pero, ¿qué es el coste?

 

Este no es más que la diferencia entre los recursos que dedico a producir y los recursos que obtengo con lo producido, sea esto material, transporte o servicio.

 

Es claro que la eliminación de los salarios de un personal que puede dedicarse a otros trabajos, del desgate del material, y de los combustibles, añadido a la velocidad del transporte, amortiza el empleo de recursos para la construcción de los túneles y el proceso de mantenimiento del vacío dentro de los mismos.

 

Esa construcción, y la distribución de lo transportado en las regiones que rodean a los nodos de origen y destino compensan con creces los empleos perdidos en el transporte con camiones de larga distancia.

 

¿Por qué no se plantea esto del “coste” ? El “primer mundo”, es decir, la “Europa extendida” entró hace unos 10 años en una tremenda crisis de confianza en sí misma, producida por su propio éxito. No se quiere producir más, mejor y más barato que los demás La parte irracional de las mentes humanas ansía comida gratis: Ganar sin trabajar, puesto que los genes son, en su 99%, códigos para obtener energía de la manera individualmente más eficiente posible. Los que aspiran a ganar mucho basándose en la confianza de los demás, mantienen un esquema de regalos absolutamente innecesario.

 

Por ejemplo, no es necesario que las personas se jubilen todas a la misma edad. No debe ser obligatorio trabajar una vez alcanzados unos ciertos años, pero tampoco debe ser obligatorio dejar de trabajar forzosamente cuando se puede perfectamente ganar dinero a cambio de producción.

 

Se trata, sencillamente de realizar un cambio de 180º en la visión del mundo y considerar el trabajo como una bendición, en vez de como una maldición bíblica. Evidentemente, un trabajo querido por el trabajador, y realizado en condiciones físicas y mentales que respeten a la persona, pero con esas condiciones, un trabajo querido.

 

Tenemos recursos de sobra, materiales, humanos, mentales, para rehacer un planeta que estamos destruyendo a marchas aceleradas, esencialmente por estupidez, que se define como hace daño sin sacar nada realmente bueno a cambio.