El bien y el mal, el medio ambiente y el individuo

Desde que la humanidad comenzó a dejar registro de los pensamientos de sus miembros, en las tablillas de Sumer y Ur, en los pictogramas de Egipto, en los caracteres chinos, el problema del bien y el mal ha sido, quizás, el tema al que constantemente han vuelto todos los pensadores, el problema al que se han enfrentado todos los individuos.

 

Hoy, como hace seis mil años, rodea nuestras vidas y nos persigue a todas horas en todos los medios de comunicación.

 

Las gentes de Mesopotamia, y derivando de ellas, las de Judea, escribieron escenas en las cuales un ser humano actúa como tal, y es castigado por algunos de los dioses de aquellos panteones. En las mentes griegas fue la tinaja que abrió Pandora.

 

El mal deriva de la capacidad de elección: Coger o no la manzana, abrir o no la tinaja.  Vivo en sociedad. Existe la prohibición de coger la manzana, el consejo de no abrir la tinaja. El bien es aceptar la orden, seguir el consejo. El mal, actuar para uno mismo sin pensar en los demás.

 

Pero en realidad no hacen falta órdenes ni recomendaciones: Basta con echar un par de horas en el Zoo, en el recinto de los monos de sabana, de mandriles y papiones, para entender ese conflicto, el problema del bien y el mal.

 

Comienza el conflicto con los bebés monos. Sus madres necesitan protegerlos, para tratar de que sobrevivan hasta la edad reproductora. ¿Qué otro sentido tiene si no la vida? Pero los recursos son escasos (solo el ser humano sabe hacerlos abundantes, al menos durante cortos periodos de tiempo) y otros monos de su entorno quieren matar al bebé para comérselo, o al menos para eliminar un competidor por esos recursos.

 

El mal aparece en la visión micro, en la cual la máquina de la vida, los genes, buscan constantemente reproducirse en cada división celular y necesitan para ello energía.

 

El bien aparece en la visión macro en la cual, no solo los genes individuales, sino el conjunto de todos ellos, el individuo, busca reproducir su individualidad.

 

La reproducción sexual avanzó en el conjunto de los seres vivos como mecanismo de protección frente a mutaciones letales. Pero esa reproducción, en la que se mezclan genes diferentes, tiene que competir con la reproducción celular dentro de cada individuo donde sencillamente se duplican los genes, sin mezclase con otros. Cada uno de nosotros somos buenos y malos, y lo que cambia de unos a otros son la proporciones, que cambian también a lo largo del tiempo.

 

Un virus mata al individuo macro al que ataca. Una vez muerto este, la máquina vírica deja de reproducirse, y vuelve a enquistarse. Microscópicamente el virus ha tenido éxito. Macroscópicamente, no: tras unos ciclos de reproducción, deja de hacerlo al haber matado al huésped que lo alojaba.

 

Los ataques bacterianos pueden acabar con los individuos atacados y al hacerlo, acabar con esas mismas bacterias. Las bacterias que no atacan, las escherichia colli, por ejemplo, se reproducen con el ser vivo en el que habitan.

 

Con el medio ambiente tenemos el mismo problema: A nivel micro, cada ser vivo individual acabaría con él como acaban las bacterias con el caldo de cultivo en un plato Petri, y mueren ellas, entonces.

 

Solo a nivel macro, cuando los seres vivos forman una red entrelazada, cada elemento de la red trabaja para cado otro, y el resultado es un sistema inmensamente más rico que el caso contrario en el cual algunos elementos destrozan la red (el medio ambiente) para un beneficio individual como el de las bacterias en el plato Petri.

 

La regulación del destrozo de los recursos compartidos ha ocurrido en la historia de la vida mediante unos elementos de la red denominados predadores. Cuando estos desaparecen, las especies predadas quedan sin control y, destrozando el medio ambiente, se destrozan a sí mismas.

 

Unos elementos japoneses deciden reproducirse individualmente y matan ballenas hasta que estas desaparecen, y ellos consecuentemente. Unos elementos de la sociedad deciden quemar los bosques de la Amazonía, y al hacerlo eliminan los nutrientes del substrato, y dejan de obtener beneficios.

 

En el cuerpo animal, en el árbol, en el bosque, en el ecosistema, hay señales de coordinación que demuestran a cada célula, a cada órgano, que solo puede vivir si vive con los demás.

 

En el siglo XX, y aún más en el XXI, esas señales han ido desapareciendo en la sociedad humana. La vida en las ciudades ha hecho creer a una mayoría de seres humanos que pueden sobrevivir sin lo que rodea a esas ciudades. En forma de chiste, que la leche sale del grifo, y la cerveza del aire.

 

El medio ambiente, la biodiversidad, los campos no desertizados, no es que sean importantes, es que son esenciales para la vida, sobre todo para la vida en las ciudades.

 

La célula individual de la sociedad, la persona, quiere sobrevivir, aumentar su cuota de energía disponible. Como las bacterias sin predadores, come, captura energía hasta eliminar ésta, y entonces muere de inanición.

 

La crisis de 2007, la lentísima recuperación aún no completada en estos últimos 10 años, y las crisis que se pronostican de aquí a poco tiempo tienen, todas, la misma causa: La reducción en la disponibilidad de energía de cada persona (es decir el mantenimiento o encarecimiento constante del precio de la energía) no permite mantener una idea de vida denominada la “sociedad del bienestar”.

 

Hay un engaño tremendo, en los análisis al uso, del papel de la energía en la sociedad. En cualquier cuadro de PIB (Producto Interior Bruto) la energía (del petróleo, gas, carbón, y la eléctrica) aparece como un 5% de ese PIB.

 

Si se miran esos cuadros, lo que aparece con importancia son los servicios y la industria. Pero ¿cómo puede un funcionario proporcionar sus servicios? Necesita el local donde trabaja, la electricidad que utiliza, el ordenador de que dispone, la mesa a la que se sienta, las redes de comunicaciones, … . Todo eso es energía incorporada. La comida que lo mantiene vivo, los hospitales que hacen lo mismo, los transportes que utiliza, las diversiones de que disfruta, todo eso no es otra cosa que energía disponible.

 

Y no hay ya hoy más energía para mantener unas necesidades crecientes. Ni con las reservas de Arabia ni de Venezuela, ni con las arenas con asfalto de Canadá, ni con el petróleo embebido en las pizarras del Middle West de los EEUU (http://www.sobreestoyaquello.com/2018/12/fracking-miente-que-algo-queda.html)tenemos la energía que necesitamos para mantener el sistema de pensiones en España, o el acceso de África, de 800 millones de chinos, de 1000 millones de indios a la “Sociedad del Bienestar”.

 

Es preciso, es obligatorio, rediseñar esa “Sociedad del Bienestar”. Por ninguna otra razón más que porque ya no hay energía suficiente para mantenerla.

 

Es necesario dejar a las personas que se retiren cuando quieran, mientras sigan produciendo. Es necesario reducir la disipación gigantesca de energía que representan las estructuras de las ciudades, de los edificios, de los sistemas de transporte.

 

Es preciso capturar la energía del sol. Pero, aun siendo mucha, esta energía no es la acumulada en el petróleo, en el gas. Llega todos los días, y podemos utilizar la que llega, pero lo podemos hacer mucho más lentamente que la que cogíamos de los almacenes en donde había quedado guardada hace 300 millones de años.

 

Hemos estado quemando los billetes del capital del abuelo, sin molestarnos en reponerlos.

 

Es preciso que los seres humanos nos volvamos a dar cuenta de que somos finitos y pequeños, y que, para seguir viviendo bien, tenemos que optimizar al máximo no solo la captura de energía, sino su utilización.

 

La “Sociedad del Bienestar” es un privilegio. Las personas prefieren morir de hambre antes que perder sus privilegios.

 

Es una ley de la naturaleza que es más fácil bajar que subir. Acceder al privilegio es fácil. Perderlo voluntariamente, casi imposible.

 

Veremos, sobre todo verán nuestros hijos, cómo se resuelve ese problema. En la historia la pérdida de los privilegios ha sido siempre cruenta. Es posible que hoy, conociendo que la maldad es actuar para uno solo, y el bien actuar para todos, sea posible perder esos privilegios sin demasiada crueldad.

 

¡Veremos!

Los problemas del mundo

Todos los sistemas de la Naturaleza son flujos, y como el flujo de un río, modifican sus orillas al fluir. Puesto que los flujos están controlados por las orillas, por sus contornos, se establece una interacción permanente entre el flujo y sus controles.

 

La vida es la búsqueda de la energía: Un ser vivo es una máquina termodinámica que busca energía sin parar. Puesto que toda máquina se degenera con el funcionamiento, parte de la energía adquirida se emplea en rehacerse, y propagarse.

 

El ser humano es más una de estas máquinas, que ha desarrollado una capacidad de proceso de información muy superior a las demás, y así las supera a la hora de la captura de energía. Tanto, que amenaza con eliminar a las demás, al menos, a las demás de su propia escala espacial, de su propio tamaño.

 

Al hacer esto, como flujo de energía, cambia sus orillas, las condiciones de contorno, el ambiente por donde circula ese flujo.

 

Y aquí está el problema: Los humanos, con nuestra capacidad de reflexionar, no nos adaptamos como se adaptan los demás seres vivos a los cambios ambientales que hemos producido: Queremos mantener las condiciones anteriores en vez de modificar nuestros comportamientos y adaptarnos al cambio.

 

Esto es abstracto, pero real, y hoy lo estamos viendo en todos los aspectos de la sociedad, como lo vemos en la historia de nuestra especie. Veamos esto de forma más concreta.

 

Cuando acabó la última glaciación, hace unos 8.000 años, los ríos empezaron a bajar repletos de agua con barro fértil. En el creciente mesopotámico, en las dos llanuras indias del Indo y el Ganges, en las de los ríos Amarillo y el Yangtse, por fusión de los hielos de los Zagros y del Himalaya; y en el Nilo, por el cambio de la circulación atmosférica que produjo un nuevo monzón que llenaba el Nilo a finales del verano.

 

Estas zonas tenían entonces agua, tras las sequías de los 100.000 años de glaciación, y en ellas hacía calor: Las mutaciones de las hierbas que llamamos cereales produjeron, con el agua y el calor, la primera revolución energética: El ser humano, de vivir a salto de mata, de recolector, algo de cazador y mucho de carroñero, capturando una cantidad muy limitada de la energía solar almacenada en las plantas salvajes y en los animales que podía cazar, pasó a disponer todos los días de un suministro razonable de energía: La población del mundo pasó de unos 2 millones a cerca de 200 millones en alrededor de  200 años.

 

En esas épocas había energía suficiente para levantar las pirámides de Gizeh, hacer los canales de China, y las ciudades de Ur, Sumer, Babilonia, y las de la India.

 

Pero el hombre tenía pocos predadores, incluso los propios seres humanos se mataban poco entre sí, y sobre todo, mataban a pocos infantes. La población de cualquier ser vivo, con abundancia de energía, crece de forma exponencial, como el juego de las monedas en el tablero de ajedrez: 1 en la primera casilla, 2 en la segunda, 4 en la tercera, 8 en la cuarta y 9.000 billones (millones de millones)  en la casilla 64.

 

El ser humano, con toda su inmensa inteligencia, no fue capaz de controlar su población. Las tierras irrigadas se fueron salinizando y desertizando y las civilizaciones y dinastías desaparecían una tras otra.

 

Las ciudades crecían, porque aún con 200 millones de individuos, quedaba todavía mucho espacio libre y productivo en el planeta. Se estableció el esquema de una buena parte de la población productiva, y otra extractiva, que conseguía su energía mediante el robo a la primera. Esta última parte de la población se estableció en ciudades, y con la aglomeración, en ellas se empezaron a producir episodios de peste que acababan con la mitad de esos seres humanos apelmazados.

 

Los seres humanos habían conseguido cambiar los contornos de los flujos de energía, pero no su forma de pensar en cómo conseguir esa energía: Dejaba de haber energía libre para seguir robando, y las tierras irrigadas producían energía para que la mayoría de la población sobreviviese miserablemente.

 

Otro ejemplo concreto: La formación de un estado único en las tierras de Francia exigió muchas guerras hasta el fin del reinado de Luis XIV: Una parte de la población francesa desarrolló y se le reconoció, un esquema de valor personal físico, necesario para las batallas.

 

Pero cuando acabó ese reinado ya no se necesitaba el valor físico, sino las estructuras del comercio y la distribución de riqueza mediante las leyes. Sin embargo, la clase de guerreros (la aristocracia, muy numerosa en el siglo XVIII) no podía entender que la acción de sus progenitores hubiese cambiado tanto las condiciones de contorno que había conseguido que ellos fueran superfluos.  Fue necesaria la Revolución Francesa para que lo acabasen de entender.

 

En Inglaterra, la madera para los barcos de sus armadas y su comercio, y las necesidades de calefacción sobre todo en Londres agotaron las condiciones de contorno: El carbón, que se conocía desde antiguo, pero que se rechazaba para ser quemado en las viviendas por sus humos y mal olor, se convirtió en un bien económico. Con esa energía (la segunda revolución energética) se puso en marcha la industria mecánica y luego la eléctrica. Con la puesta en marcha posterior del petróleo (por el agotamiento del aceite de cachalote que se utilizaba como luz nocturna) se consiguió una cantidad de energía que no hubiesen podido ni soñar los seres humanos antes del siglo XIX.

 

Durante siglo y medio hemos disfrutado los seres humanos de una cantidad de energía inimaginable, y las mentes la han acabado aceptando como si fuese lo normal: La población, qué al haber mutado el arroz, y haberse puesto en cultivo las tierras americanas, había pasado de 200 a 1.000 millones, ha crecido hasta ahora a 7.600 millones en 200 años, de nuevo. Es claro que esa población numerosa ha cambiado las condiciones de contorno, sin haber cambiado la nueva mentalidad creada durante los últimos 100 años.

 

Hoy, y a lo largo del siglo XXI, las condiciones de contorno de los flujos de energía son distintas de las que se han ido produciendo a lo largo del siglo XX. No hay sitio en el África subsahariana para cultivar lo necesario para una población exponencialmente creciente, y el inmenso continente tiene muy pocas costas, relativamente a su superficie, para desarrollar la industria y el comercio. El resultado es una disminución brutal de la biodiversidad. Esto mismo pasa en una India con alrededor de 1.400 millones de personas, en Indonesia y aledaños.

 

Sencillamente, no hay sitio.

 

¿Y el CO2?

 

La energía de que disfrutamos hoy la conseguimos devolviendo a la atmósfera el CO2 que los vegetales y las bacterias y otros animalillos retiraron de la misma hace unos 300 millones de años, durante un intervalo de 30 millones. Ese combustible fósil, energía solar capturada durante 30 millones de años, la estamos quemando en unos 300 años.

 

La relación es sencilla de hacer: 30.000.000/300 = 100.000.

 

Estamos utilizando 100.000 veces más energía que la que capturan hoy día las plantas y estamos tirando, disipando, la mayor parte de esa energía gracias a unos diseños chapuceros de viviendas y transportes.

 

Pero la mentalidad construida, no por los malvados “otros”, sino adquirida en la experiencia diaria de cada persona, es que podemos hacer lo que queramos, hasta viajar a Alfa Centauri, porque los seres humanos somos maravillosos.

 

Y no lo somos. Somos unos seres vivos muy limitaditos, con toda la ciencia y la tecnología de que disponemos.

 

Esto mismo, el Cambio Climático, la pérdida de Biodiversidad, la desertización, la falta de agua, está ocurriendo desde hace unos años con la organización social.

 

Lo mismo que pensábamos, todos, que podíamos seguir quemando gasolina y diésel sin control, todospensábamos que podíamos ser, todos, cada vez más ricos.

 

El mensaje no era de los malvados, de los millonarios, que también. Era una idea asumida por la población en general, por cada ser humano.

 

Y desgraciadamente, y esto es políticamente incorrecto, no es posible. O al menos no es posible con una población planetaria creciente. Sencillamente, aunque llega energía más que suficiente del Sol, llega muy despacio. Un crecimiento exponencial es incompatible con una energía finita.

 

Habrá revoluciones. No hay alternativa, pues los seres humanos nos agarramos a los privilegios (no a las disponibilidades) que tenemos. Nadie quiere renunciar a aquello de lo que disfruta. Los seres humanos, como cualquier ser vivo, se agarran a lo que tienen, y lo designan como “justicia”, sin darse cuenta de que es “lotería”.

 

En un artículo reciente de Carlos Fresneda (https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/ciencia/2018/11/17/5bf01774268e3e40048b462f.html) se describe la acción de miles de personas en el Reino Unido contra la pérdida de biodiversidad. Pero el Reino Unido lo habitan 66 millones de personas. Muchos de esos millones han votado un Brexit, asumiendo que ese Brexit los va a hacer más ricos. No hay razón alguna para que sea así. Muchos de los millones de personas del Reino Unido pasan olímpicamente de los problemas de la biodiversidad, del cambio climático, de la falta de agua: Consideran sus privilegios como un derecho, y cuando defienden sus “derechos” no quieren saber nada de nada más.

 

Esto mismo ocurre con los “chalecos amarillos” franceses, con los “hombres blancos” del Medio Oeste estadounidense, y otros muchos.

 

Como digo, se ha asumido, durante 100 años, una falsedad, y es casi imposible que se asuma la realidad.

 

No es una cuestión de educación explícita. Es una cuestión de cambio implícito de mentalidad. No es posible educar a nadie en la realidad cuando esa realidad va contra las creencias íntimas.

 

Las mujeres (y la gran mayoría de los hombres) quieren acabar con la violencia de género. Pero esto es como querer acabar con la violencia, punto. ¿Cómo se consigue, si es parte de la vida, si todos los seres vivos atacan a otros para conseguir lo que quieren? Queremos. ¿Podemos?

 

Los seres humanos, como cualquier ser vivo, solo aceptan la realidad cuando ésta les golpea brutalmente. Lo he aprendido, con pena, con mis alumnos. La mayoría de ellos solo se ponen a estudiar tras los primeros suspensos.

 

Muchos alumnos se ponen las pilas cuando ven que van a perder curso y que las matriculas son cada vez más caras si son segundas o terceras.

 

Solo cuando las cifras del cáncer de pulmón se hicieron ominosas, algunos dejaron de fumar.

 

Un problema de la biodiversidad, de la desertización, del cambio climático, es la escala de tiempo. Las asignaturas se pueden aprobar estudiando, el cáncer parar dejando de fumar. Las escalas de los tres problemas ambientales son de cientos y miles de años.

 

El problema es, también, uno de energía: Como ser vivo, como máquina extractora de energía, cada ser humano busca sin parar incrementar su disponibilidad de energía (puesto que la energía se mide mediante el dinero, incrementar la disponibilidad de dinero). Así se queman bosques tropicales y se eliminan animales y plantas para hacer sitio para los cultivos que son la forma más elemental de capturar la energía solar. Así, también, se consigue energía quemando carbono en todas sus formas, y propiciando la desertización y el cambio climático.

 

La energía, como sabemos, nos llega en cantidades realmente gigantescas desde el sol. Las plantas han desarrollado, a lo largo de cientos de millones de años, la captura de una parte muy pequeña de esa energía, pues esa pequeña parte, si hay agua, produce tanta vegetación que no quedaría espacio en el planeta si su rendimiento fuese mayor.

Pero nosotros somos capaces de capturar mucha más energía que las plantas. Para limitar la pérdida de biodiversidad, la desertización, el cambio climático, es necesario que cada ser humano tenga acceso a esa mayor cantidad de energía que proporciona el sol, para cumplir con su demanda genética de captura de energía.

 

Tenemos toda la tecnología necesaria a nuestra disposición. Nos falta la voluntad social para vivir con estas nuevas formas de capturar energía.

 

Los meteoros de las últimas semanas y el aprendizaje constante

Un mini-huracán entrando por Portugal, inundaciones tremendas en el Mediterráneo, masa fría con nieve abundante entrando con una vaguada del Chorro Polar. Y solo hemos comenzado el otoño.

 

Tras años en los que las hojas se caían en diciembre, volvemos a la tradición de que empiecen a caerse para Todos los Santos y difuntos.

 

¿Ha terminado el Cambio Climático? Hasta hace 5 días teníamos un calor excepcional para finales de octubre, hoy, 29 de octubre de 2018, tenemos un frío excepcional.

 

Este es el Cambio Climático: La exageración, y la ocurrencia múltiple de fenómenos extremos.

 

Visto a posteriori, el Cambio Climático es uno más de los fenómenos sociales de cualquier tribu humana, que solo se quiebran por estallidos o, equivalentemente, revoluciones.

 

Las sociedades humanas son esencialmente no lineales. Una vez en un cierto camino, es imposible, salvo revoluciones, cambiarlo. Si se quiere hacerlo, es preciso preparar la revolución para que sea lo menos violenta posible. Las personas aprenden unas habilidades y rechazan, incluso por la fuerza, cambiarlas, porque no saben cómo adquirir otras en un tiempo limitado entre el abandono de las antiguas y la adquisición de las nuevas, y porque además esas habilidades les dan un lugar en la sociedad que temen perder si buscan otras.

 

La razón es que, como con el clima, se van amplificando las fluctuaciones. Tomemos varios ejemplos:

 

Roma tuvo un éxito inicial robando a todos los pueblos que la rodeaban, en vez de mediante esquemas industriales o comerciales. Por lo tanto, insistió en ello, hasta que no quedaron más pueblos a quien robar. Se amplificó una fluctuación inicial hasta que colapsó el sistema.

 

El sistema de los Habsburgo (y de los Reyes Católicos un poco antes) era agrupar pueblos distintos bajo un mando único, en vez de agrupar los pueblos en una única unidad legal, lingüística, y social. Esto era difícil, pero lo hicieron los romanos, los ingleses y los franceses, de manera que no era imposible. El resultado es evidente: La desintegración del sistema español, que llega hasta nuestros días.

 

En la Francia de Enrique IV, contemporáneo con Felipe II, se trataba de superar incontables guerras civiles, de manera que se estimuló la idea del valor físico a ultranza, pagado con privilegios a perpetuidad para el que lo demostraba, y para sus herederos, a quienes tampoco se les exigía nada más que ese valor físico.

 

Cuando la sociedad se estabilizó, y el valor físico se convirtió en redundante, la sociedad no supo cómo reaccionar, de manera que se tuvo que llegar a una revolución sangrienta.

 

El conocimiento sirve para llegar a saber cómo funciona una máquina para poder manipular los botones de manera que se pueda cambiar ese funcionamiento.

 

La solución es evidente, pero exige ser tomada mucho tiempo antes del estallido. En el clima, habría exigido, en contra de la sociedad, la implantación de la energía solar en la generación y en el consumo hace ya 20 años.

 

En España habría que haber exigido con total disciplina que las autonomías hubiesen sido un estricto sistema de gestión, y nunca sistemas políticos.

 

En aquella Francia del siglo XVIII, los reyes hubiesen tenido que ir sude stituyendo a los nobles y las guerras exteriores por abogados y financieros, y desarrollos comerciales.

Y de la misma manera en el resto de las civilizaciones.

 

Claro, ni los reyes, ni sus consejeros aristócratas tenían la menor capacidad para hacer eso, pues carecían de los conocimientos necesarios, y habían sido educados en lo que había tenido éxito anteriormente sin ver que ese mismo éxito había cambiado las condiciones bajo las cuales gobernaban.

 

Se precisa educar a las personas en un esquema móvil, como se educan a sí mismos los surfistas en un mar de oleaje siempre cambiante: Aprenden la tecnología de la adaptación, en vez esquemas fijos que se revelan inválidos.

 

Esto es una discusión académica, pues ya no hay tiempo de enderezar ni el clima ni las autonomías, ni quizás la Unión Europea.

 

Pero se nos viene encima, mucho más rápido que el cambio climático, el cambio de paradigma informático, con la inteligencia artificial. Esta hará redundantes muchas actividades hasta ahora humanas, como la pacificación de Europa hizo redundante el valor físico de la aristocracia francesa. Los votantes de Trump se empiezan a sentir redundantes en la sociedad americana, pero en vez de adaptarse a las nuevas condiciones de contorno que ellos mismos han creado, quieren, como los nobles franceses, que persista el sistema de batallas sin cañones y peleas cuerpo a cuerpo.

 

A las personas no les gusta estudiar durante toda la vida, ni siquiera les gusta a los grandes catedráticos de Física, que quieren que lo que ellos saben y explican sea una verdad dogmática.

 

Solo mediante una enseñanza que ponga por encima de cualquier otro valor la diversidad, y el dominio del alumno para aprender cualquier cosa, siempre variable, podrá dar una respuesta útil a los desafíos que se nos vienen encima.

Retomando las reflexiones sobre el clima y la situación social en el mundo

Hemos vuelto a tener huracanes y tifones, cada vez más intensos, aunque sabemos que no más frecuentes. Este verano no ha sido de los más calientes, pero ha sido caliente, y sobre todo, largo, pues está durando hasta Octubre. Las lluvias de primavera se extendieron hasta Junio.

 

Estos cambios respecto a las estaciones tradicionales son lo que llamamos Cambio Climático.

 

Sabemos (y ¿quién mejor que los que estudiamos el clima?) que siempre ha habido cambios en el clima, puesto que este es un análisis estadístico del tiempo atmosférico y de los movimientos del océano. Las estadísticas cambian con el tiempo del reloj, pues así lo hace el tiempo atmosférico.

 

Pero estos cambios actuales son muy seguidos y muy intensos, mucho más que los más importantes del pasado próximo, el óptimo climático de la época de las expediciones de los noruegos como “vikingos”, alrededor del año 1000 de la Era Común, y la Pequeña Edad del Hielo, en la última mitad del siglo XVII. Y muchísimo más rápido que el comienzo y la finalización de las glaciaciones del Cuaternario, y otros muchos cambios de los últimos millones de años.

 

¿A qué puede deberse esta rapidez e intensidad?

 

Es curioso notar que las temperaturas en el Globo empezaron a subir unas décadas después del comienzo de la segunda revolución energética, con el uso de los combustibles fósiles, cuando este uso alcanzó una mayoría de los países de la Tierra, hacia 1860/1870.

 

Las coincidencias y correlaciones no son causa/efecto. Pero en este caso el incremento de la concentración de gases poliatómicos en la atmósfera genera un incremento de la radiación infrarroja atrapada entre el límite superior de la troposfera, la tropopausa, y la superficie del planeta, cuyo efecto ahora sí es el aumento de temperatura. Puesto que el aumento de la concentración de CO2 es el más rápido de los que tenemos registro, y ha alcanzado hoy un valor que no se había alcanzado en los últimos 3 millones de años, es evidente, desde la ciencia, que el aumento actual de la temperatura del planeta, y sobre todo, del Ártico, es consecuencia del aumento de esa concentración.

 

Aceptemos, ya, sin más dudas, que la quema de combustibles fósiles está causando el presente cambio climático rápido e intenso. La concentración de CO2 ya ha causado este cambio, y sería urgente impedir que se haga aún más intenso. En particular, en las tundras del Círculo Polar Ártico, el metano atrapado bajo el hielo está comenzando a salir a la atmósfera, con un potencial de retención de radiación infrarroja 30 veces superior a la del CO2.

 

Tenemos un buen problema.

 

Tenemos la solución en nuestras manos, pero como con todos los problemas actuales de la sociedad, no queremos aplicarla.

 

Teníamos una sociedad que funcionaba. En Europa, tras varias guerras con intervalos de 20 años entre las mismas, hemos vivido 70 años sin ellas. Solo un ignorante de la historia quiere volver al riesgo de las muertes masivas.

 

La humanidad ha pasado de vivir en chozas con letrinas comunes y sin higiene a vivir, quizás no tan bien como todos quisieran, pero mil veces mejor de como se vivía hace 100 años. Basta con ver fotos de aquella época.

 

Cuatro países del planeta, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua y Venezuela, han optado por una vida miserable, pudiendo vivir muchísimo mejor.

 

Los votantes de Trump, de LePen, los Brexiteros, las nuevas extremas derechas de Austria, Alemania, Suecia, Hungría, Polonia, los fanáticos religiosos, rechazan la buena vida en favor de una idea mística e irrealizable: La vida aislada en pequeñas tribus.

 

En el Medio Oeste de los EEUU, sede del triunfo de Trump, la unión de las tribus “indias” habríanconseguido una negociación ventajosa con el gobierno federal, hace unos 150 años, sin en vez de “tribus” hubiesen dejado de lado las tonterías y hubieran hecho un frente común.

 

La razón de no hacerlo, la razón del Trumpismo, del populismo, es el miedo. El miedo a ser libres e individuales, a ser cooperativos en vez de imitativos, a cooperar cada uno desde su propia autoridad, en vez de querer imponer a todos el ser todos iguales. La búsqueda de la protección del grupo en vez de la vida en un mundo abierto, que da miedo.

 

Estas personas con miedo son muchas, y hoy pueden ejercer un poder considerable, pues les es muy fácil agruparse vía los distintos sistemas de comunicación.

 

Los Brexiteros en Inglaterra se sienten perdidos en una Europa que desconocen, y de la que solo tienen referencias históricas. En vez de volar sin miedo, se quieren refugiar en el nido de sus “tradiciones”.

 

De la misma manera una buena parte de la población del planeta tiene miedo de perder su forma de vivir si acepta la realidad del cambio climático: Su coche, sus vacaciones, su calefacción, su aire acondicionado.

 

La reacción es de miedo, en vez de tener miedo a lo que representa el cambio climático.

 

Los Brexiteros tienen miedo a la invasión de gentes de la Europa del Este, los Trumperos, a los latinos. En vez de sentirse fuertes e incorporar a esos inmigrantes, se sienten débiles y quieren levantar barreras de protección.

 

La racionalidad, la razón, las razones, son impotentes frente al miedo. Cuando una muchedumbre se deja llevar del pánico ante, por ejemplo, un atentado, o en los vomitorios de un estadio de futbol, hay generalmente más problemas de muertes por aplastamiento que directamente por las armas terroristas.

 

Hubo una época en la cual los franceses eran diablos para los españoles, auténticamente, seres con cuernos y rabo.

 

¿Cómo se superó el miedo? Solo cuando los viajes permitieron ver a una mayoría de las personas que los de “allá” eran iguales a los de acá.

 

Votaron el Brexit aquellos ingleses de menor conocimiento, losque menos habían viajado, o que lo habían hecho siempre dentro del cascarón de la tribu, como votaron a Trump los americanos con menor conocimiento de la geografía y de su propia historia. Hoy tenemos ese mismo problema con unas personas en Cataluña que desconocen la historia real y viven dentro de un cascarón tribal de mitos y cuentos.

 

¿Tiene solución esta situación de rechazo de la realidad?

 

La mejor solución es aumentar el conocimiento de las personas, si es que aún estamos a tiempo, lo cual es, cuando menos, dudoso.

 

La UE debería ofrecer viajes muy baratos o gratis, a los ciudadanos de Hungría, de Polonia, de Austria, y utilizar la televisión para comunicar la realidad, utilizando, sin escrúpulos, las técnicas de marketing.

 

Cambiando una frase bien conocida, en vez de “la mejor defensa es el ataque”, deberemos asumir que la “única defensa es el ataque”.

 

Quizás el problema del cambio climático tenga solución si no resolvemos el problema del populismo: Una crisis económica brutal puede conseguir que dejemos de quemar combustibles fósiles por falta de dinero.

 

Pero una mejor solución, si se quiere buscar por quien tiene los recursos, implicaría mostrar y vender, con las mejores técnicas desarrolladas para convencer, que el hecho de sustituir las energías fósiles por energías solares, genera empleo y riqueza distribuida.

 

La acción individual o de las ONG no llega a la cantidad de personas necesaria para llegar al número crítico necesario para cambiar el paradigma energético.

 

Si estamos, realmente, convencidos de la realidad, no deberemos tener escrúpulo alguno para convencer de esa realidad a los ciudadanos del país, de Europa, del Mundo.

 

 

 

¿Por qué somos tan tontos?

Hoy leo, como continuación de otras muchas noticias en las últimas semanas, que el Sr. Trump ha ordenado poner impuestos adicionales a importaciones americanas procedentes de China por valor de 50.000 millones de dólares. Claro, los chinos han hecho lo propio para sus importaciones de productos americanos (aunque ni los productos chinos ni los americanos son originarios de estos dos países, que solo ensamblan piezas que se producen en todo el mundo).

 

Vivíamos regular, y estas medidas empeorarán la vida de las poblaciones de ambos países. El mercantilismo es una estupidez: Hacer el mal sin sacar beneficios. ¿Quién lo aplaude?

 

Los mismos tribales que aplauden el “ser americanos” como aplaudían los de las tribus entre el Rhin y el Oder el ”ser alemanes”.

 

Las personas tribales no se preocupan de prosperar, de mejorar su condición de vida. Aceptan la pobreza, pues su interés se centra en la lealtad a un caudillo, y las peleas para subir dentro de la tribu, en acercarse al jefe, aunque su condición de vida sea siempre la misma: No conciben que se pueda vivir mejor.

 

Pienso en los miles de peregrinos que se acercaban, alrededor del año 0, a Jerusalén por la pascua, a entregar sus shekels y sacrificar una paloma, un cordero.

 

¿Qué obtenían? Volvían a sus hogares más pobres (habían entregado el impuesto, habían pagado por el sacrificio, habían gastado dinero en el viaje. Solo habían garantizado un sistema primitivo de Seguridad Social, y habían renovado su pertenencia a la tribu.

 

¿Quién opta por esto, en qué épocas se estimula esta opción tribal?

 

Los soldados romanos, pobres, tenían la opción de llegar a disponer de tierras para su cultivo. Tenían un horizonte de mejora, de prosperidad.

 

Los campesinos judíos no tenían más horizonte que los mesías, o perpetuar, como hormigas, la misma vida de siempre.

 

Hoy hay un número muy elevado de personas, en los EEUU, en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Cataluña, que han perdido las ganas de prosperar. Han malinterpretado el mensaje de que la mejora era automática, olvidando que, para alcanzarla, tenían que hacer como los soldados romanos: Trabajar muy duro, durante muchos años. En los EEUU, el sueño americano parecía que iba a realizarse sin más que, por ejemplo, labrar las tierras, sin estudiar fuerte además por las tardes y por las noches.

 

Hoy mis alumnos me dicen que han estudiado “mucho”. Les pregunto “¿diez días, quince días?”  y me dicen, horrorizados, “¡ No, qué va ! Un día”.

 

En Europa, mucha gente quiere un “salario vital”, vivir sin el esfuerzo de trabajar para ganarse una vida cada vez mejor. Evidentemente las élites les han engañado, pero eso era y es evidente que iba a ocurrir.

 

Pregunto a mis alumnos: ¿Por qué hay Tabla Periódica”? y me responden que “Porque los átomos se disponen de esa manera”. Es claro que las elites engañan y roban, pero como con la Tabla Periódica, no basta con señalarlo: Es preciso impedirlo, y eso exige esfuerzo, y este esfuerzo es el que los que quieren el Brexit, los seguidores de LePen, los trumpistas, no quieren hacer.

 

Saben que seguirán pobres, pero al encerrarse en sus tribus, cambian sus objetivos, no para que sus tribus mejoren, sino para que meramente existan como los hormigueros en un erial.

 

Para mejorar, no sirve trabajar 8 horas, ni mucho menos rebajar esas horas a 7. Es preciso trabajar 10, 11, 12 horas, y eso, hay muchos que prefieren no hacerlo.

 

Hay quienes, como los judíos, esperan un Mesías, o sobrevivir encerrados en sí mismos.

 

Hay quienes, como los romanos, se trabajan sus vidas para triunfar sin ayudas externas, y mejorar.

 

La tontería, la estupidez, derivan de la falta de energía en la vida.

¿En que se ha convertido la universidad, la educación, en este mundo de 2018?

 

Estamos, en un mundo absolutamente avanzado, de nuevo en una situación, informal pero real, de pecheros. Cuando recuerdo la noticia, tristemente repetida, de que se ha descubierto un taller clandestino con 30 ciudadanos chinos trabajando 16 horas sin salir del local, solo por la comida, pienso en que seguimos siendo animales, capaces de cualquier indignidad por la comida, por un lugar cubierto, aunque sea miserable, para dormir.

 

Pero esto, a otro nivel, ocurre en tantas otras situaciones de la sociedad, que me pregunto si realmente hemos evolucionado o seguimos, a otro nivel, con las mismas mentalidades que hace 60.000 años.

 

Estoy en un congreso científico. No hay ningún avance, ninguna innovación. Solo añadir detalles a lo que ya se sabe (un par de charlas han sido claras: Se trataba de contar lo mismo, pero desde otro punto de vista). Nula innovación, nulos descubrimientos.

 

84 universidades en España, cero avances en nuestro conocimiento del mundo y de las personas. La razón es clara: Solo se progresa, o incluso solo se mantiene uno en la universidad si se publican 12 artículos al año, uno al mes. Para conseguir esto se precisa que ninguno de los artículos sea innovador. Si lo fuera, los censores no lo entenderían y sería rechazado, y el presunto autor perdería puntos para su promoción. La universidad potencia conformistas, no innovadores, de hecho, rechaza la innovación.

Se trata de mantener la sociedad lo más igual a si misma que sea posible, se trata de sobrevivir como los chinos en el taller clandestino.

 

Ha habido etapas en la historia en las cuales al menos una parte, pequeña, pero una parte de la humanidad buscaba nuevas ideas. Hoy, en la física, el modelo de la materia más moderno es el “Modelo Estándar” que tiene 50 años, un modelo talludito.

 

No se puede escribir nada contra ese modelo, la censura lo rechaza inmediatamente. Se postula, sobre el Universo, materia y energía oscuras, indetectables. Si se escribe que eso no puede ser y que en vez de esas magnitudes indetectables lo mejor sería cambiar los modelos del universo, se ve uno condenado al ostracismo.

 

Europa tiene problemas, porque algunos de sus componentes quieren volver a los estados feudales. Lo peor es que esto se propone en nombre del pueblo (¿cómo no?) Stalin ordenó asesinar a millones de personas en nombre del “pueblo”, Hitler causó decenas de millones de muertos, miseria y desolación en nombre del “pueblo” alemán.

 

La realidad de la situación actual en Europa es que hay personas que quieren ser “dirigentes”, aunque sea de un millón de pecheros, y aunque esos pecheros vivan mucho peor (las fronteras y las distintas monedas solo traen miseria). Algo similar ocurre en los EEUU y en China, donde se trata de mandar, aunque las personas tengan que aceptar las ideas de una única persona, en vez de tener campo para expandir las suyas. En la China, se vive bien, pero, a otro nivel, es lo mismo que en los talleres clandestinos de España: A cambo de producir, y de dinero, no se permiten ideas nuevas.

 

Mucho de esto ha derivado, en la última década, del fracaso económico del mundo occidental, y este fracaso, de la hybrishumana de creer que tenía todo controlado. China fracasará también por la hybrisde sus dirigentes.

 

Los griegos, descubridores de tantas cosas, los que nos liberaron del que todo fuese como siempre había sido (el mensaje de la cultura judea, por ejemplo) fueron siempre muy conscientes del desastre de la hybris, de la soberbia humana.

 

La única forma de evitar los desastres, de prosperar en la historia de la humanidad, es volver a la fuente de la sabiduría, a Sócrates y reconocer que solo sabemos, que no sabemos nada.

 

Si lo hacemos así, podemos avanzar. Si solo podemos proponer investigar (enlazando con el inicio de este post) algo que tenga un resultado cierto, rechazamos que no conocemos casi nada y que tenemos que buscar las cosas nuevas, sin garantía alguna de que sean las correctas. La alternativa, investigar y publicar lo que ya se sabe, es seguro, pero es la seguridad que lleva al estancamiento, a la muerte intelectual.

Las oscilaciones del tiempo atmosférico

El viernes, 27 de abril (2018), 28ºC a las 17:00 en Madrid, el domingo 29, 8ºC con viento helado. 20ºC de diferencia en dos días.

El Polo Norte, aunque helado, tiene una temperatura tan elevada como no la ha tenido en, al menos, 100 años. Este año de 2018, seco y cálido en enero y febrero, frío y muy lluvioso en marzo y medio abril.

Esto es el cambio climático, no que “haga calor”. El tiempo atmosférico está determinado por las corrientes, por los ríos de aire que se mueven sobre la superficie del planeta. La temperatura de esos ríos depende de la temperatura de la superficie sobre la que circulan. Esos ríos se mueven en vórtices, torbellinos, más grandes o menores, pero enroscándose unos sobre otros.

 

Cojan una cazuela, y hagan ustedes té en ella. Quiten las bolsas y déjenla enfriar. Ahora vuelvan a calentar. Cuando el agua se acerca a la ebullición, se pueden ver en el recipiente los movimientos de la misma y cómo los vórtices se enroscan entre sí moviéndose de un lado a otro de la olla.

 

El “Chorro Polar” es, como se sabe, un río de aire. Los ríos de agua se mueven deprisa en las laderas de las montañas, cuando hay gradientes elevados de altura. En esas condiciones los ríos bajan casi en línea recta, con fuerza. Cuando llegan a la llanura, los gradientes de altitud se suavizan, y los ríos hacen grandes meandros moviéndose lentamente.

 

En la atmósfera los ríos de aire se mueven bajo los gradientes de temperatura entre el ecuador y los Polos. Un Polo Norte más cálido (aunque aún muy frío) significa un gradiente más suave, y un río de aire, el “Chorro Polar”, debilitado, lento y con grandes meandros.

Uno de estos meandros es el que hemos tenido este fin de semana que comento, del “Puente de Mayo”. Y seguiremos teniendo estos meandros, cada vez más grandes y con contrastes de temperatura cada vez más intensos en los próximos años y décadas, puesto que es evidente que el ser humano quiere avanzar hacia la destrucción de su civilización, ya que ignora y rechaza cualquier intento de frenar la subida de la temperatura media global, lo que no implica que, puntualmente, las temperaturas locales puedan llegar a 10ºC en medio del verano, por ejemplo, o a 24ºC en lo más “crudo” del invierno.

 

Puesto que no vamos a frenar el cambio climático, tendremos que adaptarnos, y esto implicará grandes migraciones de millones o cientos de millones de personas, frente a las cuales las migraciones históricas quedarán como anécdotas. Pero las migraciones significan la destrucción, al menos, temporal, de la civilización. Es posible que la raza humana sobreviva, pero entraremos en una nueva Edad Media, de duración desconocida.

Así somos los seres humanos: Los animales que tiramos piedras contra nuestro propio tejado.

Queda una chispa de esperanza. ¿Lograremos que de chispa pase a llama?

Depende de cada uno de nosotros. Los políticos que elegimos no están en esto, viven exclusivamente para ellos mismos.

Depende de nosotros.

 

Estudiar el clima nos da claves sobre la ciencia

¡Parece mentira! Los grandes e insondables problemas de la física, la materia a escalas subatómicas, inferiores a la del protón, uno de los componentes del átomo, pueden entenderse mejor si uno entiende los problemas de clima de nuestro planeta.

 

La teoría atómica, es decir, la mecánica cuántica, es esencialmente probabilística. El clima también.

 

Pero los teóricos de la cuántica afirman, y se quedan tan anchos, que las probabilidades en cuántica no tienen nada que ver con las del resto de la naturaleza.

 

Se dice que, en la vida ordinaria, si pudiésemos conocer todas las variables que modifican el movimiento de un objeto, las probabilidades desaparecerían y el movimiento sería determinista. Pero es imposible conocer todas las variables que influyen en, por ejemplo, el tiempo atmosférico, y por lo tanto la evolución del clima. No solo es imposible conocerlas, sino que el propio sistema climático varía tanto, que las trayectorias del tiempo son esencialmente impredecibles, exactamente lo mismo que ocurre con las trayectorias de 4 cuerpos masivos, de masas similares, pero no iguales, que se mueven los 4 bajo la interacción gravitatoria entre ellos. Su movimiento es esencialmente caótico y aleatorio, independientemente de nuestro conocimiento o falta de él.

 

En el mundo atómico, las interacciones son del mismo tipo que las interacciones gravitatorias, e inmensamente más fuertes. Y el número de cuerpos que interaccionan es inmensamente mayor que el de 4 masas solares o planetarias. Y no hay forma de aislar una partícula atómica, por ejemplo, un electrón, de esas interacciones con otras cargas eléctricas en movimiento.

 

Es decir, no hay partículas aisladas, que son aquellas para las cuales se ha hecho la teoría cuántica. Si no hay partículas aisladas y el número de interacciones en muy elevado, y las interacciones, como las del sistema climático, son no lineales, los movimientos atómicos son aleatorios, dentro de las ligaduras (protones, por ejemplo) correspondientes.

 

Por lo tanto, la probabilidad “cuántica” no es muy distinta de la probabilidad del mundo macroscópico. Al ser así, los misterios cuánticos desaparecen como misterios y se convierten en lo que son, resultado de movimientos aleatorios muy rápidos.

 

Al mismo tiempo, si miramos un coche, la energía del campo electromagnético con que lo iluminamos, es pequeñísima comparada con la energía del coche, mientras que la mínima energía de cualquier campo electromagnético que podemos utilizar para ver un electrón es del mismo orden de magnitud que la de este: Al “iluminar” el electrón cambiamos su posición y su velocidad.

 

Y las “ondas” que se dice que son los electrones, son en realidad funciones de probabilidad que tienen máximos y mínimos como los senos y cosenos que forman las ondas, por ejemplo, las ondas de sonido o las olas del mar. De hecho, los electrones se comportan como partículas con masa, y son las funciones de probabilidad las que tienen alguna analogía con las ondas. Pero electrones y sus funciones de probabilidad no son la misma cosa. Estas últimas, realmente, son construcciones intelectuales, con nula realidad en la naturaleza.

 

Ahora bien, los movimientos aleatorios, como los del tiempo atmosférico, lo son dentro de unas ligaduras mucho más deterministas que aquellos movimientos. Por ejemplo, en una mesa de billar agitada por un generador aleatorio, el movimiento de las bolas lo es también, pero estas bolas no pueden salir de la mesa: Sus movimientos son caóticos dentro de la ligadura de la mesa.

 

El tiempo atmosférico es caótico, pero dentro de las ligaduras del espesor de la atmósfera, la distribución de continentes y mares, y la forma esférica de una Tierra que gira. Son estas ligaduras las que proporcionan una medida de algún tipo de orden a ese tiempo atmosférico, y a su estadística que es el clima. Son las rejillas de las redes cristalinas o amorfas de los materiales, las que proporcionan una medida de algún tipo de orden a los movimientos atómicos.

 

¿Cambia el clima? Si, por ejemplo, la temperatura media global aumenta y disminuye con las décadas y los siglos, lo mismo que la temperatura de un material cambia con la energía de electrones y protones que lo componen.

 

En un mundo de super-especializaciones necesitamos, cada vez más, la multidisciplinaridad, el que cada vez más personas dominen muchos campos, pues solo desde ese dominio los problemas de uno de ellos encuentran su solución en las soluciones de los otros.

 

La naturaleza es impredecible en detalle. El ansia de orden del ser humano, que ha generado tantas dificultades en la vida de las personas, debe ser reemplazado por un reconocimiento de la incertidumbre y, sobre todo, por un reconocimiento de que se puede vivir muy bien con ella.

 

Será este tema de la vida bajo la incertidumbre el sujeto de un nuevo post.

El problema de las nomenclaturas o la importancia de la lingüística

En la teoría de los átomos y los electrones se insiste mucho en que un electrón es una partícula con masa y una onda sin ella. En todos los libros sobre esto los autores se maravillan de que algo pueda ser dos cosas a la vez.

 

Pero la realidad es que no es así, para desilusión de los dueños de la teoría. Los electrones se mueven, y al moverse siempre en el campo de fuerzas de otros millones, o cuadrillones de otros electrones que se mueven muy deprisa, sus trayectorias son esencialmente aleatorias. Para describir movimientos aleatorios se precisan funciones de distribución de probabilidad: Una de éstas es la función y de Schrodinger, que tiene forma de una suma de senos y cosenos en el espacio y en el tiempo, es decir, la forma de un paquete de ondas limitado en el espacio.

 

Así, los electrones, partículas individuales dotadas de masa son partículas, entes materiales. Pero la descripción de su movimiento es un paquete de ondas. No hay dualidad onda-corpúsculo, puesto que la descripción como ondas se refiere a las funciones que describen las probabilidades de su movimiento.

 

No existe ningún experimento en el cual un electrón atraviese una rejilla atómica con dos rebajes (no es posible tener una superficie, o cuasi-superficie dividida en tres partes inconexas). Hay experimentos en los cuales chorros de electrones pasan por una tal superficie, interactuando entre sí y con los electrones de la red atómica en la que hay túneles cilíndricos o prismáticos. Puesto que para que se produzcan efectos de difracción los túneles deben tener tamaños parecidos al del electrón y estar separados entre sí con distancias de ese orden de magnitud, la interación de uno de los electrones en uno de los túneles se transmite a los electrones en el otro túnel. Puesto que la rejilla de electrones está cuantizada, sus movimientos están coordinados, de manera que lo que ocurre en un túnel tiene influencia sobre el otro, y los electrones cuando, hay dos túneles abiertos siguen trayectorias aleatorias pero con zonas de probabilidad muy pequeña: Cuando los electrones inciden sobre una pantalla, la imagen es una similar a la difracción de la luz.

 

Esta imagen de bandas se relaciona con la física de la red atómica que crea los caminos de los electrones, sin que estos se “conviertan” momentáneamente en ondas para convertirse en partículas a la hora de chocar.

 

Para generar interferencias se precisan redes materiales cuantificadas, no hay interferencias sin ellas. Si esto es así, la conclusión racional (y la ciencia debe ser racional y no mística) es que es algo de las redes atómicas lo que las genera, y no cambios inexplicables de los electrones.

 

Al tomar esta postura estamos de nuevo en ciencia, y podemos investigar ese “algo” de las redes, no la mística conversión de partículas en ondas en partículas. Esa investigación la hizo Duane, un físico americano, y la completó Landé, un físico alemán de la escuela de Göttingen. Al cuantificar no solo las posiciones, velocidades y energías, sino la cantidad de movimiento, lo cual es lógico, la cantidad de movimiento cuantificada de las redes de difracción de electrones con túneles de tamaño similar a los órdenes de magnitud del movimiento de los electrones, genera las trayectorias que producen las bandas discretas de choques en las pantallas sobre las que inciden los electrones.

 

El hecho es que los movimientos de las partículas cargadas y de las ondas electromagnéticas dentro de la materia, y especialmente la materia ordenada en redes geométricas, es bastante similar, pues es consecuencia de esa geometría.

 

Si se quiere, se puede observar esto en las arenas del Sahara y las olas del Atlántico que bañan sus costas. La materia, los granos de arena y polvo sahariano, adoptan formas ondulatorias y se mueven subiendo y bajando como las olas del agua, las primeras movidas por el arrastre del viento, las segundas por la presión de mismo. ¿Son ondas los granos del polvo sahariano?

 

Lo asombroso y maravilloso de la naturaleza es que es muy limitada: Nos bastan dos derivadas, la velocidad y la aceleración, para describir todos los movimientos naturales, aunque en principio se hubiesen necesitado miles de ellas. Las ondas electromagnéticas son combinaciones de senos y cosenos, aunque las funciones matemáticas son en número de miles.

 

La ecuación de Schroedinger para las amplitudes de probabilidad del movimiento de los electrones deriva de las ecuaciones de la energía de éstos. No es extraño que su comportamiento en el espacio sea similar a los movimientos de las partículas.

 

En ciencia, mucho más que en cualquier otra actividad humana, es preciso tener un cuidado exquisito con el lenguaje. Los electrones no son ondas. Lo que tiene la forma matemática de un paquete de ondas (no de una onda sinusoidal) es la amplitud de probabilidad del movimiento de los electrones, que conservan, puesto que nadie ha dicho nunca otra cosa, su carácter de partículas.

Las ecuaciones de la física y la realidad de la Naturaleza.

Es una doctrina de la Física que los movimientos de los cuerpos (y de ellos sale todo lo demás) se describen mediante ecuaciones diferenciales. Son estas ecuaciones matemáticas en las que intervienen los cambios de los valores de una magnitud (si cambia, varía y por ello se la denomina “variable”) con respecto a los cambios de los valores de otra.

 

La Física fue desde el primer momento, relativista: Todo lo que describe es unas cosas respecto, relativamente a otras.

 

Como solo tenemos, para la descripción de la Naturaleza, ecuaciones diferenciales, para saber cómo cambia aquella necesitamos resolver o solucionar esas ecuaciones. Para ello precisamos condiciones iniciales de los sistemas naturales, y condiciones de contorno para saber por donde se mueven.

 

Pero estas condiciones iniciales y de contorno no forman parte de las ecuaciones diferenciales, de las “Leyes de la Física”. La ignorancia de esta realidad, la matematización a ultranza de la Física, lleva a afirmaciones absurdas por parte de algunos (o la mayoría) de los divulgadores de la disciplina. Una de estas, repetida muchas veces, es que el viaje hacia atrás en el tiempo es posible, porque las ecuaciones de movimiento son simétricas en la “variable” tiempo.

 

Evidentemente, las ecuaciones lo son, pero no lo son las condiciones iniciales. Para imponer a un sistema físico unas condiciones iniciales que produzcan la inversión del movimiento en el tiempo, necesitamos interaccionar con el sistema con otro que ya no es simple ni lineal, de manera que no es posible garantizar que esa nueva condición inicial vaya a reproducir la condición final.

 

Así ocurre cuando hay tres soles, tres cuerpos de masas ligeramente distintas en atracción gravitatoria mutua. Estos tres cuerpos realizan movimientos caóticos, y los vuelven a realizar si se invierte el sentido de la variación del tiempo, de manera que no vuelven, en periodos de la edad del Universo, a sus posiciones originales.

 

Los movimientos de sistemas, de cuerpos, de masas pequeñas son, generalmente, aleatorios, ya que están sometidos a fuerzas de otros muchos cuerpos. Por ejemplo, los electrones están, incluso en el espacio intergaláctico, sometidos a múltiples interacciones extremadamente irregulares, de otros cuerpos eléctricos lejanos, o cercanos. Incluso dentro de una “Jaula de Faraday”, es decir, dentro de una esfera conductora, los electrones están aislados de los campos eléctricos y magnéticos exteriores a esa esfera, pero sometidos a las interacciones con los electrones del cobre de la esfera en sí misma, que se mueve de manera impredecible.

 

Pero la Naturaleza no es totalmente aleatoria. Aunque los electrones se mueven aleatoriamente, lo hacen dentro de regiones del espacio concretas y finitas. Lo que introduce un esquema de orden en su movimiento son las partículas de gran masa, los protones, cuyos movimientos, debido a esa masa elevada, son muy lentos.

 

La Naturaleza es entonces el juego constante entre los movimientos caóticos, e incluso aleatorios, de unas partículas, y los movimientos cuasi deterministas de otras.

Un estudio ¡apasionante!